El árbol del que obtenemos la leña no creció súbitamente en un mes, creció a través de los años. Las ramas más delgadas podrían servir como combustible de fácil encendido, pero un fuego (como el que calienta a la personificación de febrero, en la imagen superior), puede ser alimentado solamente con troncos más gruesos. Febrero ha cortado troncos maduros para alimentar el fuego ardiente con el que ahora se calienta los pies y las manos.

Los hábitos con los que estamos trabajando no nacieron el mes pasado, sino que crecieron a lo largo de los años. De ello nos percatamos en enero, cuando tratamos de definir un objetivo para 2017. Así hemos comprobado que cada hábito descubierto le cede el paso a otro que estaba encubierto. Aquellos cuyo objetivo en un principio era aminorar el habla innecesaria, han encontrado una predisposición a la vanidad detrás de sus palabras. Aquellos cuyo primer objetivo era frenar la prisa, han descubierto que detrás de tanto apuro se esconde la necesidad de complacer a los demás. La formulación de nuestros objetivos comenzó con los hábitos pequeños como ramas, y gracias a la auto-observación se ha expandido hasta alcanzar los troncos maduros. “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles” dice Juan Bautista “por tanto, todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego”

Al principio, la posibilidad de amputar nuestros hábitos y echarlos al fuego era tentadora. Muchas cosas de las que vemos en nosotros mismos, no son de nuestro agrado, sobre todo las que no podemos cambiar. En nuestra representación imaginaria, cuando pensamos en “conciencia” nos figuramos a nosotros mismos como seres inmaculados, sin hábitos. Empezamos a trabajar impulsados por esta imagen, y habíamos avanzado con ahínco, hasta que nos topamos con una paradoja: para cortar nuestros hábitos más íntimos, deben ser ellos mismos quienes cojan el hacha. Hablar menos puede ser mi objetivo, pero, ¿puedo proponerme ser menos vanidoso? ¿No es acaso mi verdadera vanidad la que trata de eliminar mi ser vanidoso para volverse inmaculada?

Los hábitos pequeños como ramas sirven para encender una llama. Cuando me propongo hablar menos, hablar me despierta. Cuando me propongo tener menos prisa, apresurarme me despierta. He puesto una traba a mi mecanicidad, y esto afecta su funcionamiento. Una vez encendido, el fuego de la conciencia, ahora reclama más leña, lo que me obliga a cederle hábitos grandes como troncos. Pero ¿cómo puedo alimentar mi conciencia utilizando mis hábitos más íntimos, sin que sean estos mismos los que hagan el trabajo?

Puedo doblar una rama, no un tronco. Así, debo aceptar aquello que no puedo cambiar… No puedo eliminar la vanidad, pero puedo verla, llamarla por su propio nombre y reconocer que soy vanidoso. De este modo cada vez que mi vanidad alardee, mi conciencia se hará más humilde. Esta contradicción dentro de mí, entre “vanidad” y “yo” provoca una separación en mi identidad que alimenta la conciencia de otro modo, diferente de cómo la alimentan los hábitos. “Haz todo como acostumbras”, dice George Gurdjieff. “Pero tienes que seguir un personaje, sin participar, sin identificarte internamente”.

En febrero trabajaremos pues con la no-identificación. ¿Puedes sentarte cómodamente y observar con aceptación cómo tu día se despliega, así como febrero se sienta a gusto frente a su fuego ardiente? ¿Puedes cambiar tu identidad de aquello que es observado para quien observa?